Las Lociones

LAS LOCIONES


Normalmente se emplean menos que las cremas y, en realidad no se suelen conocer muy bien sus efectos. Es verdad que son refrescantes y supone un placer el utilizarlas. pero en muchas ocasiones se piensa si en realidad son útiles. La respuesta es decididamente afirmativa, mucho más de lo que nadie se imagina.
Las lociones son mezclas de aguas de diversas flores, varían según su función: tonificantes (rosa), astringís (hamamelis), calmantes (azahar), antisépticas (lavanda), etc. Suelen llevar también ciertos productos que refuerzan su acción, como extractos de plantas o de flores azuleno), bálsamos y astringentes vegetales (tanino, alumbre, alcanfor) o químicos (bálsamo de benjuí). La cantidad de alcohol que contienen va de 0o a 40°, de modo que no deshidraten las epidermis secas pero resequen ligeramente las grasas.

EL empleo de las lociones
Tomar un algodón húmedo, pues seco absorbe inútilmente las tres cuartas partes del producto, verter sobre él un poco de loción, humedecer el rostro y dejar que se por sí solo, sin usar la toalla. Los pulverizadores, todos los eléctricos, que prácticamente transforman el líquido en vapor, son muy cómodos, pues extienden la loción por toda la cara, con facilidad mucho mayor. Resultan tan prácticos, que una vez que se ha: comprado el primero, ya no se puede prescindir de él.
Estimulan la vitalidad de los tejidos y de este modo retardan la aparición de las arrugas y combaten los efectos perniciosos de los cuerpos grasos, con tendencia a relajar y reblandecer la piel. Su empleo debe llegar a convertirse en un acto casi reflejo, lo mismo por la mañana, antes de maquillarse, para despertar y limpiar la piel (que emite secreciones también durante la noche), que por la noche después de eliminar el maquillaje, y siempre que se acabe de retirar alguna sustancia grasa, como las cremas protectoras, los productos solares, etc.


Lociones refrescantes
Refrescan, calman y son un buen complemento de la limpieza de las pieles con tendencia a la irritación, la sequedad excesiva y los barrillos. No contienen alcohol, dan una agradable sensación de bienestar y se emplean como tónicos.


Lociones astringentes
Cierran los poros, dan resplandor al rostro y unifican el grano de la piel, de modo que el maquillaje se extiende mucho mejor. Sin embargo, es preciso utilizar estas lociones con cierta precaución o de lo contrario se convierten en un arma de dos filos, pues, aunque su efecto inmediato es delicioso, una vez que cesan de actuar se produce una reacción y los tejidos se relajan, con lo cual se esti¬mulan a veces las secreciones grasas y se dificulta la respiración de la piel. Todo ello aconseja usarlas con mesura, únicamente una o dos veces por semana después de extraer las espinillas.


LOCIONES DETERGENTES
Por lo general están compuestas de acetona, éter, alcohol fuerte, etc., y sirven para desengrasar las epidermis grasientas. Actualmente su uso no se aconseja tanto como antes, ya que se ha comprobado que a la larga pueden irritar y acrecentar las secreciones. Los desengrases prolongados marchitan la piel y favorecen un envejecimiento prematuro.


LOCIONES HIDRATANTES
Su mejor y casi exclusiva virtud es su carácter refrescante. No hay ninguna razón que justifique esperar algo más de ellas, porque la epidermis opone una barrera a la penetración del agua a las capas más profundas.


LAS CREMAS TRATANTES
Son posiblemente las que ofrecen mayores dudas en cuanto a su empleo, pues existe tal variedad de ellas, que la elección de la más apropiada para cada cutis supone un verdadero embrollo. Todas se jactan de ser «super- nutritivas», «superasimilables» y «super todo». La lista de sus componentes es un derroche de imaginación que invita a soñar: jalea real, polen, germen de cereales, algas marinas, aceite de visón, de tortuga, de aguacate... Pero el problema sigue en pie: ¿ cuál es la mejor? ¿ Hasta qué punto son efectivas? En realidad, se espera mucho de ellas, sin tener una idea muy clara de cuáles son, sus virtudes, defectos y aplicaciones.
Las primeras cremas tratantes, o cremas de noche, pretendían tan sólo dar a la piel la grasa que le faltaba y suavizarla, generalmente gracias a la lanolina. Pero con el tiempo se han ido volviendo más y más ambiciosas; quieren provocar alguna actividad de la epidermis, mantener la elasticidad de los tejidos, «nutrir», «revitalizar», «re- hidratar», «combatir las arrugas», etc.
Son cremas de tipo «agua en aceite», más untuosas que las de base y con diversos elementos estimulantes, entre los que aparecen frecuentemente extractos de tejidos (conjuntivo, glandular, de placenta, embrionario, etc.).
Las más escépticas se preguntan si estas sustancias pueden hacer retroceder el tiempo y regenerar las fibras endurecidas o rotas y, en realidad, en cierto aspecto no les falta razón. Sin embargo, las mujeres que las emplean a título preventivo, siempre que sean cremas de buena calidad y adaptadas a su tipo de piel, conservan durante más tiempo una epidermis suave, tersa y de aspecto mucho más fresco que las que no lo hacen. Es verdad que las cremas no pueden hacer milagros, pero también es cierto que su empleo cotidiano y persistente mantiene en cierta medida la vitalidad de la piel y conserva el rostro con mejor aspecto.
Es muy difícil elegir entre ellas. Se ha llegado a establecer tal competencia entre los extractos activos de las plantas (la palabra «natural» que se emplea para calificar estas sustancias parece tener magia), los extractos activos de las plantas (la palabra natural que se emplea para calificar estas sustancias parece tener magia), los extractos de tejidos vivos de origen animal, los aceites, los productos de laboratorio, etc, que a veces se plantea un verdadero dilema.

La mayoría de las cremas contienen una serie de productos cuyos poderes se complementan mutuamente. Aunque resulta muy difícil establecer una jerarquía, las más convenientes parecen ser las cremas de hormonas, ya que la medicina actual ha comprobado la acción beneficiosa de las hormonas femeninas sobre muchas mujeres. Su; efectos más saludables son: retrasar el envejecimiento de la piel, aumentar sus reservas de agua, mantener la actividad de las capas profundas, estimular las secreciones gra¬sas y, a la larga, afirmar los tejidos y atenuar ligeramente las arrugas.
De todas maneras, la composición de las cremas constituye casi siempre un secreto difícil de descubrir. Muchas de ellas dan nombres fantásticos e indescifrables a sus productos activos; otras que se dicen «a la jalea real» o a cualquier otra sustancia, puede que realmente la contengan en una cantidad aceptable de la misma, pero es también muy posible que sólo lleven una porción ínfima. Así pues, el único modo de apreciar el valor de una crema es experimentarlo personalmente con su uso, pero esto lleva demasiado tiempo. La mejor solución es fiarse de una buena marca o seguir los consejos de un dermatólogo.

EMPLEO
En primer lugar hay que eliminar del rostro toda huella de maquillaje o, de lo contrario, la crema no podrá realizar su función. También es importante realizar esta limpieza con un producto desmaquillante, porque si se hace con agua y jabón o cualquier otro producto graso de los que «parece que limpian», la piel no puede asimilar la crema debidamente.
Basta con extender una pequeña cantidad de producto, pues la epidermis se satura en seguida y, desde el momento en que no es absorbida, la crema no hace más que perjudicar, entorpeciendo los cambios, abriendo los poros y asfixiando la piel, a la cual reblandece al formar una capa grasa sobre ella. Estas cremas son muy penetrantes y atraviesan pronto la epidermis, así que, pasada media hora, lo mejor que se puede hacer es retirar la parte no asimilada con un pañuelo, pues conservarla toda la noche no serviría de nada.
Las cremas penetran mucho mejor después de un baño, una compresa caliente o un baño de vapor, ya que entonces los poros están abiertos. También va muy bien aplicar una mascarilla de caucho, que, al igual que las de plástico, los masajes con un aparato vibrocalentador y los palmoteos, facilitan la penetración de la crema.
Las cremas tratantes se aplican preferentemente por la noche, debido a que durante el descanso los músculos y nervios de la cara se relajan. Por la mañana, como durante el resto del día, los gestos que se hacen constantemente disminuyen el efecto. Por último, no hay que olvidar nunca la aplicación de un tónico después de retirar la crema, pues es indispensable evitar que el relajamiento del cutis se alargue demasiado.

LAS CREMAS BASE
(cremas de día o bases de polvos)
Las cremas base, protectoras, forman parte de los cuatro productos indispensables para el cuidado de la piel. Sin embargo, muchas mujeres parecen no darse cuenta de su importancia y descuidan su empleo; por ejemplo, hay chicas y mujeres jóvenes que por tener la piel suave, tersa, fresca y bonita, se confían demasiado y «no ven la utilidad de ponerse potingues en la cara». Hay también quienes consideran que el maquillaje colorante es suficiente protección y que no es necesario superponer capas de distintos productos. Tanto unas como otras deben recordar que la piel de la cara, por muy sana y perfecta que se tenga, es sumamente delicada y no puede exponerse sola a las múltiples agresiones de la vida cotidiana, ni recibir «a palo seco» los maquillajes, de por sí desecantes.
Las cremas de base protegen la piel contra las intemperies, cubren las imperfecciones, ayudan a mantener los polvos en buen estado y algunas incluso dan color.

Generalmente suelen ser emulsiones de tipo «aceite en agua» o cremas secas y, en efecto, es preciso que sean así, pues si fueran muy grasas la piel se asfixiaría. Deben, además, ser poco penetrantes a fin de que puedan formar una ligera capa protectora. Entre sus componentes grasos figuran los aceites vegetales y animales, el colesterol, la lanolina, la lecitina, derivados todos ellos de cuerpos grasos orgánicos que retienen el agua; la glicerina, muy ávida de agua, desempeña un papel rehidratante, y no hay que olvidar la vaselina y la parafina, sustancias inertes que sirven de aislantes pero que, precisamente por eso, son inasimilables y se les culpa de asfixiar un poco la. piel
A veces las cremas base contienen elementos nutritivos, lo cual es poco lógico, pues en ese caso o bien resultan demasiado penetrantes, con lo que se introducen en las capas profundas y pierden efectos protectores o de contrario se quedan en la superficie y tampoco cumplen su misión nutritiva.
Las cremas evanescentes o «vanishing creams», de un blanco opaco y aspecto níveo, con ultraligeras, se desvanecen sobre la piel y casi no se notan, lo cual permite un maquillaje muy ligero, pero sus efectos desecantes las hacen, en la mayoría de los casos, poco aconsejables.
Las cremas base colorantes, al igual que los maquillajes, no deben cambiar el tono natural de la piel, sino simplemente avivarlo un poco; por eso conviene elegirlas del mismo tono de la cara, pero un poco más intenso. Las bases incoloras son las más apropiadas cuando se quiere dar la impresión de ir muy poco pintada. Se aplican extendiéndolas sobre el rostro por medio de ligeros masajes circulares, sin pretender que la piel las absorba, sino simplemente unificándolas.