Higiene de las orejas

HIGIENE DE LAS OREJAS

Las orejas, tantas veces cantadas por poetas y novelistas como un «delicioso encuadre del rostro», exigen ;exigen por bonitas y perfectas que parezcan — un cuidado minucioso y prudente. El exceso de manipulaciones irrita esta región tan delicada, y la ausencia total de cuidados a la larga es perjudicial. Cada mañana es preciso limpiar los repliegues del pabellón y retirar del conducto los restos de cera acumulados que, de dejarse ahí, pueden entorpecer la audición. A veces sucede también que, después de lavarse, se experimenta cierta sordera, debida a que el agua, al penetrar en el oído, reblandece el cerumen y lo deposita más profundamente. De todas formas, no deben emplearse nunca esponjitas colocadas en la punta de un palillo, porque luego son muy difíciles de limpiar y por eso resultan fuente de infecciones crónicas o de eczema del conducto; además, en lugar de extraer el cerumen, lo hacen retroceder. No hay tampoco que utilizar instrumentos puntiagudos e irritantes (cerillas, varitas de metal, alfileres), ni agua fría a presión, pues ésta irrita inútilmente la membrana del tímpano y no hace expulsar el cerumen. El mejor método consiste en enroscar un trozo de algodón, no demasiado prieto, en una varita del tipo de una cerilla, formando con él un tapón fusiforme que sobresalga del extremo aproximadamente un centímetro, de modo que no hiera el tímpano. A continuación, empaparlo en glicerina y pasarlo suavemente por el conducto a fin de reblandecer el cerumen, que se puede retirar fácilmente a la mañana siguiente con ayuda de un poco de agua templada. Para una limpieza más completa, el algodón puede empaparse en alcohol.


En caso de que la secreción de cerumen sea más considerable de lo normal, es mejor dejar que otra persona se encargue de introducir glicerina yodada o agua oxigenada en el interior del pabellón, con lo cual se reblandece la cera y, uno o dos días después, puede procederse al lavado con una jeringa.
Esas dos maniobras exigen cierta habilidad; en primer lugar, para la instilación, consistente en verter el líquido en la cavidad directamente o con un cuentagotas, teniendo siempre en cuenta que el conducto auditivo no es recto, sino que tiene recodos y que, por tanto, es necesario tirar un poco de la oreja arriba y abajo para que el líquido penetre bien hasta el tímpano. Una vez hecho esto, es preciso mantener la cabeza inclinada del lado opuesto a la instilación y, antes de volver a la posición normal, poner un tapón de guata en el conducto.


En cuanto al lavado, es preciso introducir el líquido lenta e intermitentemente y secarlo en seguida con un poco de algodón. Pero, antes de hacer nada, hay que esterilizar el agua y ponerla a una temperatura lo más parecida posible a la del cuerpo. Este detalle de la temperatura del agua es muy importante, puesto que de estar demasiado caliente produce dolores, y muy fría causa una impresión demasiado fuerte. El mejor modo de comprobar si se ha logrado la temperatura deseada es poner una gota en el pabellón de la oreja y apreciar así personalmente si se han conseguido los grados precisos.
En caso de que no se trate simplemente de cera, sino que algún cuerpo extraño se haya introducido en el interior del oído, no es aconsejable tratar de sacarlo una misma, y mucho menos con ayuda de unas pinzas o con ganchillo. Pero si en último extremo no queda más remedio que hacerlo sin ninguna ayuda, lo mejor es agua templada, salvo en casos de cuerpos que se al mojarse (corchos, semillas). Si se trata de un cuerpo vegetal, debe introducirse primero alcohol de 90 grados y lavar con agua templada. Cuando el cuerpo extraño es un insecto o cualquier otro animal vivo, deben paralizarse inmediatamente sus movimientos con ayuda de un de aceite esterilizado, aunque siempre es más seguro acudir a un especialista, que puede matarlo con un poco de éter o de cloroformo y extraerlo después con agua templada.