Higiene de la boca

HIGIENE DE LA BOCA


No siempre es bueno profundizar en las cosas. Si se piensa que, por ejemplo, la boca, tan directamente abierta al exterior, es una verdadera reserva de microbios (es cavidad natural que más especies alberga; nada menos que noventa) y que la acumulación de desperdicios de alimentos entre los dientes favorece su desarrollo, se teme inmediatamente que la boca sea el origen de numerosisimos males. Afortunadamente, la naturaleza sabe muy bien cómo hacer las cosas y la saliva tiene un poder antisép tico que protege las encías y las mucosas. De este modo, cuando el medio está equilibrado, es decir, las vegetaciones y las amígdalas se hallan en buen estado y filtran los gérmenes, y cuando los dientes están sanos y son despojados regularmente del sarro, que es un peligro permanente de infección, los microbios resultan inofensivos.
Sin embargo, todo esto no descarta la necesidad de unos cuidados constantes para impedir la inflamación de la boca, que favorece las caries. Hay dos precauciones imprescindibles si se quiere conservar la boca en buen estado:

a) Provocar la producción de saliva masticando durante el día alguna sustancia que la estimule. Pero a pesar de lo que pueda parecer, lo menos recomendable es el chicle, pues, aparte de no ser nada elegante, a la larga provoca inflamaciones de estómago (gastritis). En cambio, es bueno masticar regaliz o malvavisco, que son menos irritantes, o limón, que en contra de lo que suele creerse, a pesar de su acidez, no es nocivo para los dientes.


b) Otra observación muy importante es masticar bien la comida.
Además de los cuidados hasta aquí enumerados, es preciso vigilar la pureza del aliento, constantemente amenazado por múltiples peligros y actos de la vida cotidiana; por ejemplo, fumar o beber en exceso, ingerir con la comida demasiados condimentos aliáceos, como el ajo, la cebolla y los cebollinos, tomar ciertos medicamentos a base de eucaliptus o cloral y, sobre todo, descuidar el cepillado de los dientes, especialmente a la noche.
En caso de trastornos de salud, sólo la curación devuelve la pureza del aliento. Así pues, el más indicado para descubrir la fuente del mal, que a veces resulta misteriosa, es el médico. En las demás ocasiones, dado que nadie o casi nadie va a dejar de fumar o tomar el aperitivo para conseguir mejor aliento, lo que debe hacerse es tratar de neutralizar esos inconvenientes. Para ello existen una serie de remedios caseros que siempre dan buen resultado :


a) Enjuagarse la boca frecuentemente o hacer gargarismos con clorato de potasio (2 g por 100), una infusión de hojas de nogal o agua dentífrica.
b) Chupar pastillas de clorofila o de menta.
c) Masticar un poco de clavo, de perejil, unos granos de café o una manzana.
d) En verano, estas sustancias pueden sustituirse por una hoja de menta, de efectos más refrescantes.


Los olores de ajo y cebolla son los más difíciles de neutralizar, pues, una vez digeridos aquellos vegetales, sus esencias volátiles pasan a través de las vías digestivas hacia las respiratorias y se exhalan por los pulmones. Los remedios enumerados anteriormente, si bien no sirven para suprimirlos totalmente, siempre reducen un poco los olores.
De todas formas, lo más sencillo y eficaz resulta pulverizar la boca con un elixir «purificador» del aliento, que se puede comprar en cualquier farmacia.