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LOS COLORETES Y LOS "BLUSHES"
El colorete es uno de los elementos del maquillaje que más sufre los caprichos de la moda; tan pronto su empleo causa auténtico furor, como queda relegado al mayor de los olvidos. Hubo un tiempo en que era inconcebible un maquillaje bien acabado si no se colocaban en los pómulos unas manchitas rojas, que luego se difuminaban mejor o peor. Poco después empezó a gustar una tez mate, bronceada o clara, tipo porcelana, y con los blushes, de los que se hablará a continuación, han vuelto a colorearse las mejillas. Esto se debe en gran parte a que dichos productos permiten infinitas matizaciones, tal como ahora se llevan, y, además, resulta divertido poderlos aplicar en cuatro golpes con su grueso pincel.
Los coloretes clásicos dan, a las mejillas que natural-mente no lo poseen, un resplandor rosado propio de una piel bien irrigada.
Los coloretes secos son simples polvos, pero muy cargados de colorantes y aglomerados mediante mucílagos o estearatos. El mejor modo de aplicarlos consiste en ex-tenderlos con una brocha plana sobre la base del maquillaje; sin embargo, no hay que olvidar que desaparecen con la misma facilidad que se dan.


Los coloretes grasos son cuerpos grasos a los que se han incorporado colorantes, no contienen polvo y, por consiguiente, ofrecen un aspecto brillante. De hecho no son otra cosa que rojos para labios, pero menos ricos en colorantes. Se extienden con las yemas de los dedos antes de aplicar la base de maquillaje y, aunque no es fácil dárselos bien, ya que hay que trabajar la pasta hasta lograr que se pueda deslizar, resultan más fijos que los anteriores.


Los coloretes fluidos son emulsiones coloreadas que dan un maquillaje ligero y no resultan espesos. Para su aplicación, después de haberse dado la base de maquillaje, se pone una gotita en la cánula o en la punta del pincel y se va difuminando mediante golpecitos con las yemas de los dedos. De esta manera la piel de alrededor de los ojos no se estira y los músculos de esta zona no se desplazan.
En general los coloretes se dan en los pómulos (hay una tendencia a aplicarlos excesivamente bajos, en la mitad de las mejillas), pero su aplicación puede variar según sea el efecto que se desee lograr. Así, si se extienden cerca de la nariz, hacen más finas las caras anchas (rostro redondo o cuadrado); cerca de los tímpanos, ensancha un rostro delgado (oval o alargado), y en la parte alta del pómulo, hace más joven y al mismo tiempo aviva la mirada. Se consigue también un aspecto más juvenil si se aplican en dirección ascendente hacia los tímpanos.


Como el colorete acentúa mucho los trazos de la cara, no es aconsejable para las personas de pómulos excesiva-mente salientes o mejillas hundidas; asimismo tampoco es conveniente sobre rostros muy delgados.
Para que el color quede bien difuminado y se funda con la tonalidad de la cara, conviene colocar durante unos instantes las palmas de las manos sobre los pómulos, pues su calor facilita la penetración. Si este tipo de productos no se extiende con esmero, hay peligro de que queden dos manchas excesivamente rojas y demasiado delimitadas.


En 1964 apareció toda una serie de coloretes nuevos, los llamados blushes, muy pronto conocidos y empleados por muchas mujeres, a quienes encantó su facilidad de aplicación, debida a sus tonos más cercanos a los de la tez natural y de menos contraste que los antiguos rojos.
Llamados también maquillajes de «buena cara» o modeladores, los blushes, que se extienden por toda la gama de los rosados, rojos, ocres y tostados, puros o mezclados, dan más resplandor al rostro y rehacen sus rasgos. Son polvos compactos que se aplican con una brocha suave, redonda o plana, en una capa ligera sobre el rostro previamente maquillado, es decir, después de la base del maquillaje y de los polvos, ya que sobre los cosméticos grasos se fijan mal.


Para rehacer el maquillaje conviene emplear blush, en la gama de los ocres, sobre la zona que se desee modificar, como, por ejemplo, cuando se trata de remodelar el maxilar inferior en caso de poseer una cara demasiado pesada en la parte baja o las mejillas. Esta operación debe hacerse a base de movimientos descendentes y oblicuos desde el pómulo a la barbilla, a fin de profundizar sus trazos. Este es uno de los grandes trucos empleados por las actrices y maniquíes para dar a su rostro mayor dramatismo.


Existen también blushes en forma de líquido y crema, pero su empleo es mucho menos frecuente. El blush correctivo, que sabe sacar partido de las luces y las sombras, requiere cierta maestría y un mínimo de conocimientos técnicos; por ello al principio conviene dejarse aconsejar por una esthéticienne y aprender así todos los pequeños secretos de su empleo. Quizá la mayor ventaja de los blushes sea la de conseguir avivar una tez apagada y borrar toda huella de fatiga de un simple brochazo.